Ella volvía todos los días, como siempre, a darnos almuerzo y once. Cuando se marchaba, la tristeza me asfixiaba. Nunca supe el porqué ni hacia dónde iba. Un día la seguí y vi que iba a descanzar a un lugar frío y obscuro.
Fue allí que descubrí que mi madre, ni muerta, pudo liberarse de las costumbres de la sociedad chilena.
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