martes, 13 de enero de 2009

Madre

Ella volvía todos los días, como siempre, a darnos almuerzo y once. Cuando se marchaba, la tristeza me asfixiaba. Nunca supe el porqué ni hacia dónde iba. Un día la seguí y vi que iba a descanzar a un lugar frío y obscuro.

Fue allí que descubrí que mi madre, ni muerta, pudo liberarse de las costumbres de la sociedad chilena.

lunes, 12 de enero de 2009

Sin Nombre

Tenía que cruzar la muralla para poder seguirlo. Afortunadamente, mi pandereta no era tan alta, así que me encaramé y llegué al otro lado. No era la misma casa que solía tener por vecina, más bien, era una vasta extención de pasto, el plus verde.

Lo seguí. Era un animalito amarillo y pequeño: un erizo de tierra, creo. Seguí corriendo tras él hasta realizarme en la orilla del mar -qué maravilla fue darme cuenta que al seguirlo había dejado mi ciudad ( y mucho más que eso)-.

De pronto, lo vi encima de un tronco; me acerqué y me saludó, y me contó un poco de su vida y yo de la mía. Fui realmente feliz mientras conversabamos, hasta que, de un instante al otro, lo vi empapado de sangre. Presto, pregunté el motivo de aquella teñidura espontánea y, él, más triste que yo impresionado, me dijo que era su padre quien lo violó.

Quise ayudarlo, no sé si lo hice. Tal vez fui negligente, aun espero saberlo.